La temporada 1986-87 se recordará como un punto de inflexión en la historia del Eibar, un club que ha sabido sobreponerse a los retos y construir su identidad a lo largo de los años. En aquel entonces, Eibar competía en la Regional Preferente, una categoría que, aunque menos conocida, era el hogar de muchos equipos históricos del fútbol vasco.

El camino hacia el ascenso no fue sencillo. Con una plantilla compuesta en su mayoría por jugadores locales, Eibar se enfrentó a rivales que contaban con más recursos y experiencia. Sin embargo, la determinación y el espíritu de lucha de los jugadores fueron factores clave en el éxito de la temporada. Los armeros, dirigidos por su entrenador de aquel entonces, supieron implementar una filosofía de juego basada en el esfuerzo colectivo y la solidaridad en el campo.

A medida que avanzaba la temporada, el Eibar comenzó a ganar notoriedad. Los aficionados, que siempre habían estado al lado del equipo, se hicieron más numerosos y ruidosos en el Estadio Municipal de Ipurúa. Cada victoria se celebraba como si fuera un título, y cada derrota se convertía en una oportunidad para aprender y mejorar. La conexión entre el equipo y su afición se fortalecía con cada partido, creando un ambiente único que se convertiría en la esencia del club.

El momento culminante llegó en la última jornada de la temporada. Con todo en juego, Eibar necesitaba una victoria para asegurar su ascenso a la Tercera División. El equipo salió al campo con una determinación palpable, sabiendo que cada pase, cada tiro y cada jugada contaba. La alegría desbordante que siguió al pitido final no solo marcó un ascenso, sino que simbolizó el inicio de una nueva era para el club.

La temporada 1986-87 no solo fue un éxito en términos de ascenso, sino que también sentó las bases para el desarrollo posterior del Eibar. A lo largo de los años, el club continuó creciendo, pasando por diferentes categorías y, finalmente, alcanzando la Primera División. La historia de aquel ascenso se ha convertido en una fuente de inspiración para generaciones de jugadores y aficionados, recordando que con trabajo duro y unidad, cualquier meta es alcanzable.

Hoy en día, al mirar hacia atrás en esa temporada histórica, podemos ver cómo esos momentos forjaron el carácter del Eibar. La identidad de los armeros, forjada en la lucha y la pasión de sus seguidores, sigue viva en cada partido, cada temporada y cada desafío que enfrenta el club. El ascenso de 1986-87 no fue solo un logro deportivo; fue el comienzo de una historia que todavía se escribe en los corazones de los aficionados del Eibar.